Mi reflexión de hoy tiene que versa sobre la relación entre nuestras representaciones y funciones psíquicas, el espacio corporal, el lenguaje, y el valor simbólico que de esa relación se deriva. Y, sobre todo, y como siempre, las consecuencias prácticas que esto tiene para el ejecutante musical, en especial el violinista.
El cuerpo, la mente, el lenguaje y el movimiento - entendido éste tanto como movimiento físico así como movimiento psicológico o espiritual - actúan como una unidad a la hora de producir significados. Al referirme a la producción de significados, me refiero no solo la intelección de los significados, sino a la producción (ejecución, implementación) de actos significativos, sean estos corporales, verbales, o de otra naturaleza. Obviamente, los actos de comunicación artística están comprendidos aquí.
El lenguaje abreva de lo corporal, se puebla de alusiones a gestos y partes del cuerpo, porque esos gestos y miembros son parte integral de nuestra forma de producir significados. Entendemos y nos comunicamos con el cuerpo, a través del cuerpo, desde el cuerpo.
Nuestros movimientos corporales, a la vez, expresan, sea de modo consciente o inconsciente, esos significados y, sin saberlo, con frecuencia se remiten al lenguaje para adquirir y comunicar ese significado. En particular, los fraseologismos son los principales -aunque ni remotamente los únicos- depositarios de esa herencia cultural.
Para discutir esta entidad que es cuerpo, que es mente, y que es lenguaje, siendo más que eso, voy a llamar a este ensamble Psico-soma-logos, y a los fenómenos relacionados con el mismo, psico-soma-lógicos.
Entiendo perfectamente, a esta altura, que mis lectores sospechen que están leyendo, por milésima vez, a uno de esos intelectuales pelmazos e irritantemente vanidosos en su banalidad, y teman que esté a punto de endilgarles un megabyte de texto poblado de metáforas crípticas y obvias a la vez. ¡Cruz diablo! Me apuro a consolar a mi apenado y prevenido lector, y a decirle que estas reflexiones verborrágicas me interesan en tanto y en cuanto me ayudan a mí, y a mis alumos músicos, a superarnos en la práctica de nuestro arte, y que no les atribuyo ningún valor que, a corto o mediano plazo, no sea avalado por resultados tangibles (o audibles, en nuestro caso).
Empiezo, pues, por notar que el lenguaje y la cultura en general registran básicamente cuatro direcciones simbólicas del cuerpo, definibles por los sentidos contrarios a lo largo de las mismas: 1. alto-bajo, o verticalidad, 2. izquierda-derecha, o lateralidad, 3. delante-detrás, o posterioridad, y 4. contracción-expansión (representada en el gráfico por los puntos fantasmagóricos que rodean a la figura), o volumen-permeabilidad-apertura. Dado que estas direcciones determinan, en el sentido más literal de la palabra, una topografía del psico-soma-logos, a la vez que sirven de marco de referencia para describir los movimientos que en él tienen lugar, usaré las palabras "coordenadas" o "ejes" para referirme a ellas.
Me gustaría ilustrar brevemente cómo esas dimensiones simbólicas reciben representación y expresión en el lenguaje (conformándose, así, en coordenadas psico-soma-lógicas), con algunos simples ejemplos.
El eje de la posterioridad
Las connotaciones de "avanzar" (como sinónimo de progresar, y como sinónimo de mostrar iniciativa), de "ir al frente" y de "dar la cara" apenas si necesitan alguna elaboración. Lo mismo vale con respecto a "retroceder", y a "darle la espalda" a un problema o persona. Es claro que el sentido frontal en la dirección de la posterioridad implica no solo progreso e iniciativa, sino, puesto que es la dirección a la que damos la cara, autoafirmación. Las cosas hacia las que avanzamos son las cosas a las que le "ponemos la cara" y "sacamos el pecho", mientras que aquellas que "dejamos atrás" son aquellas con las que no queremos identificarnos o dejamos de hacerlo.
Nótese que el futuro, el "porvenir" (palabra que, años ha, la Real Academia prescribía usar como "lo porvenir") no es solo aquello que está por venir, sino aquello a lo que estamos por llegar nosotros mismos, así como el pasado es no sólo lo que pasó, sino aquello por lo que pasamos (=transitamos). En otras palabras, el eje de la posterioridad está íntimamente relacionado, en nuestro marco psico-soma-lógico, con el fluir del tiempo.
Éste es un excelente momento para mencionar que en chino, la asunción cultural parecería ser que el tiempo fluye de abajo para arriba. En inglés, las horas antes y después del mediodía se indican como "ante meridiem" y "post meridiem", am y pm respectivamente. En chino mandarín, shangwu es la mañana antes del mediodia (la parte "alta" del día), mientras que xiawu, la parte "baja" del día, es la tarde.
La coordenada de la verticalidad
La coordenada de la verticalidad, imagino, tampoco necesita de mucha dilucidación. No hay cultura en que el cielo no sea visto como la residencia de los dioses, particularmente de los dioses padres y/o masculinos, espacio de trascendentalidad, morada de las estrellas inmutables e intocables, origen y último destino de nuestra parte espiritual, mientras que la tierra es vista a su vez como origen y último destino de nuestra parte corporal, esa que con su peso bruto, a través de la gravedad, nos somete a situaciones "graves" (de la raíz indoeurpea *gru, pesado), nos sujeta al suelo. La cabeza, sede del pensamiento -la función más abstracta del psico-soma-logos- ocupa el extremo superior del cuerpo, y no pocas veces "anda por las nubes", ocupada en "elevados pensamientos", mientras que los órganos sexuales y las piernas, que nos tienen "con los pies en la tierra", ocupan la franja inferior, supuesto origen de los "bajos impulsos" de nuestra "naturaleza inferior". Distintas escuelas místicas y filosóficas a lo largo de la historia han hecho de esta dicotomía (si bien yo prefiero hablar de sentidos opuestos de una misma dirección) el centro de sus doctrinas.
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